jueves, 15 de septiembre de 2011

CITA A CIEGAS...A MI CUENTA Y RIESGO




En dos semanas tengo un matrimonio y para mi mala suerte debo llevar a una acompañante porque según el novio, un viejo y querido amigo, todos los invitados tendrán pareja y seré el único sentado sin poder bailar. Al parecer ser separado y sin compromiso desequilibra el número de sillas, platos y espacio de baile destinados para este evento.


En busca de mi obligado pareja le pedí a otra amiga que me acompañe y ser el brazo que la sostenga al ingresar a la iglesia y a la recepción- como si no pudiera sostenerse sola-  pero para acrecentar mi mala suerte se negó debido a una pequeña pero complicada razón: su enamorado. Sin embargo esta amiga tuvo una de sus fabulosas ideas, presentarme a su compañera de trabajo que según ella era perfecta para mí: delgada, bonita, buena gente, graciosa y buena bailarina, es decir, no podría encontrar mejor acompañante ni buscando en las páginas amarillas o en un catálogo.



Tanta fue la insistencia que accedí a que me concertara una cita a ciegas con la seuda perfecta acompañante. El encuentro fue en un restaurante a las ocho de la noche. Yo estaba envuelto en un saco, realmente no me había esmerado para esta cita ya que la situación se asemejaba más a contratar un servicio a costo cero que a la búsqueda del amor de mi vida. 


En fin, la chica llegó, apenas ingresó al restaurante me llevé una buena impresión, no estaba despreciable a primera vista, era atractiva hasta cierto punto y pude notar que el Jean le quedaba muy bien, cosa que es muy importante en estos menesteres. Todo iba a pedir de boca hasta que se acercó a saludarme.


Al parecer nadie le había dicho que el desodorante fue creado para combatir la combinación mortal de cebolla y ajo, ese olor capaz de penetrar las fosas nasales como si fuera una daga afilada que llega hasta el cerebro aniquilando neuronas y provocando una lenta y cruel agonía. Lo peor fue cuando entró en confianza y decidió prescindir de su saco, fue como abrir la caja de Pandora de donde salen todos los males y las peores desgracias.   


Mi sensible olfato me imploraba piedad así que tuve que acelerar el proceso y salir de ahí inventado cualquier motivo. Hubiera preferido ser honesto, como siempre, pero cómo decirle a alguien que recién conozco que sus axilas emanan el más despreciable olor y que eso ha sido la causa para descartarla como acompañante, pareja, amiga, conocida o lo que sea.


Es cierto que a las personas hay que valorarlas por su interior, apreciar todo su potencial desde todas las perspectivas posibles e ir más allá de las apariencias. Estoy seguro que esta buena chica tiene mucho que ofrecer y que debe ser un encanto, pero hasta que no se bañe y use desodorante, yo nunca lo sabré. 

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