miércoles, 15 de junio de 2011

COMO HA CAMBIADO MI VIDA

Ya no juergueo. Ya no voy a fiestas. Ya no tomo vino. Ya no fumo marihuana (adelante moralistas, línchenme). Ya no tomo cerveza. Cosmopolitans. Mojitos. Margaritas. Margaritas Presidente, Vicepresidente, Candidato a la Presidencia, etc, etc, etc.

No soy soltero. Sin embargo no siento que me haya casado. Soy un hombre tristemente casado, pero mi estatus en el DNI y en mi cabeza sigue apareciendo la “S” de soltero. Mejor así. Menos presiones. Menos estrés.

Ya no como carne. No soy vegetariano, pero ahora prefiero mil veces el pescado. Todos los días como pescado al vapor con ensalada. De vez en cuando una pasta. No sé por qué, desde que he alejado la carne de mi dieta diaria. Pescado con ensalada sería de momento mi plato preferido. Antes vivía contando las calorías que comía, pendiente de asuntos de nutrición; que el jugo de naranja esté recién exprimido (porque si no se le van las vitaminas), que los ocho vasos de agua diarios, que nada de fruta después de las seis. Trataba de hacer más ejercicio si comía de más, leía artículos en Internet sobre nutrición.
Ahora que me preocupo menos me va mejor. No he desterrado las carnes rojas de mi vida y parece haber funcionado: me veo mejor que antes, mis digestiones son más rápidas y menos pesadas, y sobre todo, me siento más saludable y liviano.

Ya no salgo a correr. Ahora camino. Antes, en mis épocas de loco extraviado, salía a correr todas las noches, y me iba, por la vereda más cercana al mar, a ese parque caleta, donde hay un tobogán en forma de dragón en el medio. Me sentaba en un muro y miraba el mar y las estrellas con total impaciencia. Como si supiera o presintiera que algo grande estuviese por venir. Como si esperase que una ola trepase y me tragase de un bocado. Allí, en buzo, con mis zapatillas y mi polo y mi Blackberry negro, me convencí a mí mismo de que yo podía ser un escritor. Reviví mis más ardientes travesuras y busqué calma y sosiego cuando la tormenta seca de mi vida soplaba fuerte y pensé que ya todo estaba perdido.

Ahora es distinto, ahora todas las noches camino por la calle más larga y tranquila del Puerto. No tengo necesidad de correr. Voy con calma y con la sensación de que mi vida se ha reacomodado, que todo está de nuevo en su lugar.
Ya no me saco conejos de la espalda. Ahora prefiero hacerme masajes. Dicen que hace daño, pero a mi me encantaba. Ahora soy más suave (al menos conmigo mismo), y voy a que me den unos masajes espectaculares en la parte baja de la espalda y en las manos (que es donde más me gusta, no sé por qué, justo en la palma de las manos, las llamo “mis estigmas”). Babeo literalmente el suelo porque como estoy echada boca abajo y con la cara metida en esa almohada en forma de donut, mis fluidos salivales se descuelgan como un yo-yo hasta tocar el suelo.

Ya no tengo este apuro que tenía antes por publicar seguido. Por escribir día y noche como poseído a punta de cervezas. Terminar de escribir como quien toma una foto. Por suerte ya no tengo ese apuro. Estas inquietudes artísticas, si se les puede decir así, requieren tiempos distintos. Ya escribí lo que tenía que escribir. Ya espanté esos fantasmas. Vamos con calma
Ya no le tengo miedo a las lagartijas. Anoche encontré una en mi cuarto (es inevitable cuando uno vive en una playa), y aunque era pequeña y me hizo temblar, logré sacarla al balcón, asustándola con un pedazo de papel higiénico, moviendo mueble por mueble, adorno por adorno, haciéndome barra desde la puerta del cuarto.
Me di cuenta de que la lagartija estaba tan asustada de mí como yo de ella. Por otro lado, no tenía sentido matarla cuando ya era evidente que ella estaba desorientada y quería salir de mi cuarto con las mismas ganas con las que yo quería botarla de allí. Sentí que la próxima vez no iba a ser tan dramática la escena. Sentí pena por ella y me prometí no matar nunca una lagartija.

Ya  duermo solo. Ahora no hay alguien a mi lado. Antes recuerdo que con Claudia dormiamos como dos osos invernando. Haciendo sonidos poco románticos y poco convenientes para esta luna de miel que no parece haber terminado aún. Cuando vivía en Lima y no estaba, dormía solo con la puerta del departamento de una tía sin seguro, como si inconscientemente buscara compañía. Recuerdo una noche que se había ido la luz y yo estaba durmiendo sobre la cama cuando vi, en un breve momento que abrí un ojo, a alguien parado, bajo el marco de la puerta de mi cuarto. Grité una o dos lisuras hasta que me di cuenta de que era ella, que había venido a verme y dormir conmigo. Ahora ella ya no está a mi lado y digamos que la idea es que sigamos durmiendo juntos sin que ella vuelva a quedar embarazada en un descuido o travesura de madrugada.

Yo me siento tan perdido. Podría decirse que ahora soy menos feliz. Lo cual no significa necesariamente que sea una buena persona. Pero me alegra considerablemente el hecho de haber tenido dos hijos tan lindos como Claudia Gabriela y Juan Alberto. Siento que ellos son unas de las mejores cosas que he hecho en toda mi vida.