martes, 31 de mayo de 2011

Estoy Loco?

“Debes pagar por todo lo que haces en este mundo, de una manera o de otra. Nada es gratis, excepto la gracia de Dios”. 




Me llaman loco. Soy loco y a mucha honra. No quiero ser cuerdo. No quiero ser normal. No quiero ser ordinario, escribo (nunca he escrito), lo hago  por mi probada condición de loco genético, incurable.



Me llaman payaso. Tengo la más alta estima por los humoristas. El oficio de payaso es uno noble y, sin embargo, menospreciado. El hombre se pinta la cara y se pone unos zapatos desmesuradamente grandes para hacer reír a los tristes, a los niños, a los que se habían olvidado de reír. Nada es más arduo que hacer reír a la gente en estos tiempos contrariados. Es ciertamente más difícil que escupir diatribas y proferir insultos.


Me llaman adicto. Palabra llega cargada de un cierto vitriolo. Me la dicen como una injuria o una procacidad o una expresión desdeñosa. Es cierto, hace años fui adicto a la marihuana, o me gustaba mucho fumarla, no sé si era realmente un adicto, el hecho es que me gustaba fumarla y la fumaba a diario. Es cierto, hace años fui adicto a la cocaína y la dejé solo y sin ayuda o con la ayuda de Dios. A estas alturas de mi vida, siendo un hombre por cumplir veinte y ocho, no me interesa fumar marihuana ni aspirar cocaína porque cuando lo hago duermo mal (si a duras penas consigo dormir) y al día siguiente quedo reducido a escombros y soy entonces la peor versión de mí mismo. Pero supongo que todos en algún momento hemos necesitado (o todavía necesitamos) evadir la cruel aspereza de la realidad. Algunos la evaden con los libros, las películas, los deportes, las religiones, la televisión o, más recientemente, con el hechizo de las computadoras y su mundo virtual. Otros, tal vez los más vulnerables o sensibles a la sevicia de la realidad, la evaden con sustancias tóxicas, prohibidas, o con drogas legales como el alcohol, la cafeína, los ansiolíticos, los hipnóticos y tantas otras. Pero ¿quién no ha necesitado alguna vez escapar de la chatura que es la vida misma? ¿Quién no ha sido o es dependiente de alguna forma, legal o ilegal, de evadir la realidad y el modo en que ella suele ensañarse con nosotros?

Me llaman suicida. Tengo un gran respeto por el coraje de quienes deciden interrumpir su vida. Es el ejercicio último (y a veces desesperado) de la libertad: decidir si quieres seguir dando la batalla por sobrevivir o prefieres marcharte del escenario que es el gran teatro de la vida ordenando que caiga el telón sobre tus sombras. Nunca digas nunca, nunca digas de esta agua no he de beber: si las circunstancias resultasen propicias, yo podría eventualmente decidir que ya no tiene sentido persistir en el fatigado empeño de seguir vivo. Creo que una persona adulta debería ser libre de decidir si quiere seguir viva o quiere morir, y si quiere morir, creo que es justo y compasivo que pueda hacerlo en condiciones dignas y, en lo posible, exentas de sufrimiento. Por eso respeto a quienes van a una clínica suiza y pagan por morir de un modo discreto, elegante. Pero no soy un suicida.

 No lo soy al menos en este momento de mi vida.
 Nunca tuve más ganas de seguir viviendo que ahora. Nunca tuve mejores razones para seguir viviendo que ahora. Por eso no podría suicidarme ahora. Porque por fortuna están mis padres, mis hermanos, Claudia, Claudia Gabriela y Juan Alberto a mi lado. Más adelante, nunca se sabe. La vida es ahora. Más adelante es una ficción.



Me llaman loco porque tomo pastillas. Algunos creen que me insultan cuando me llaman desdeñosamente “loco empastillado” (creo que la palabra “empastillado” no existe o no está registrada como tal en el diccionario de la Real Academia Española, pero eso importa poco, pues se entiende lo que quieren decir: que soy una suerte de zombi alunado por los barbitúricos, un demente peligroso que ingiere dosis masivas de sicotrópicos, alguien que vive o malvive aturdido, dopado, perturbado e intoxicado por las pastillas). Es cierto, tomo pastillas. En honor a la verdad, no las tomo para hacerme daño o gobernado por alguna pulsión autodestructiva, las tomo para dormir y sentirme bien. Pero ahora que ha comenzado un nuevo año tomo solo una pastilla para dormir y solo un antidepresivo y he logrado rebajar gradualmente (con dolor, con convulsiones, con espasmos, con cierto miedo a que me dé un infarto por hacerlo sin supervisión médica) las pastillas que antes tomaba con absoluto descontrol, lo que bien pudo costarme la vida, pues en aquellos años me quedaba dormido manejando en la autopista (fueron incontables las veces que choqué o estuve a punto de chocar) o sentía que volaba cuando montaba en bicicleta (hasta que fui atropellado y entonces sí que volé) o se me derramaba la bilis y me ponía amarillo.


 Nadie muere en la víspera. Nunca sabes cuándo caerán las cortinas sobre ti. En el contexto del tiempo cósmico, somos nada, somos la fracción de un milésimo de segundo, somos menos que nada. Hace millones de años había criaturas vivas en el planeta y no existían los homínidos parlantes que ahora somos. Prevalecían los dinosaurios, o eso dicen los científicos, yo no estuve allí. Había un mundo sin nosotros y con toda seguridad habrá un mundo, otras vidas, sin nosotros. Lo normal no es estar vivos, lo normal es que el planeta siga girando alrededor del sol sin que nosotros existamos en modo alguno. Que estemos vivos ahora mismo es algo extraordinario, algo breve, fugaz. Lo ordinario, lo rutinario, lo que ocurrió por millones de años y ocurrirá por otros millones de años más es que exista vida en el planeta y nosotros no estemos aquí ni probablemente en ninguna otra parte.



Me llaman homosexual en el armario. Me llaman bisexual promiscuo. Me llaman heterosexual que posa de bisexual para ganar dinero. Probablemente soy todas esas cosas y ninguna de ellas. La verdad es que no sé bien lo que soy en el territorio pantanoso e impredecible del deseo. En todo caso, el asunto me parece de una importancia menor, baladí. Lo que una persona adulta hace con sus genitales resulta más o menos irrelevante, siempre que no le haga daño a nadie. Las preferencias sexuales no definen la esencia de una persona. Lo que define su esencia, su identidad, su carácter, el valor de su obra, es lo que lleva en la cabeza y en el corazón, no lo que lleva entre las piernas. Por eso me da igual si mi bebé es hombre o mujer, porque lo que me asombra y entusiasma es asistir por tercera vez a la llegada al mundo de una persona que de alguna manera se originó en mí, no importa su dotación genital. Por lo demás, he aprendido que las mujeres son en promedio más inteligentes que los hombres y ciertamente más nobles y leales y menos cobardes para resistir el dolor.



Me llaman polémico, controvertido, escandaloso. Pues la verdad es que ya ni tan controvertido ni tan escandaloso: los que me conocen, saben que soy un hombre resignado a su mediocridad y su pereza, un ermitaño y un haragán, un sujeto ensimismado, extraviado en el laberinto de sus fantasías. Pero si decir lo que siento verdadero (y decirlo además en público, rompiendo esa tradición tan nuestra de decir una cosa en privado y otra bien distinta en público, desafiando las leyes de la hipocresía y la duplicidad moral que muchos confunden como señales de buena educación) provoca un cierto escándalo pueblerino y parroquial, si decir la verdad o mi verdad resulta un escándalo para algunos pusilánimes, pues sí, soy escandaloso y a mucha honra.


Díganme loco. Díganme payaso. Díganme drogadicto. Díganme suicida. Díganme homosexual. Díganme escandaloso. Gracias por los elogios


Secretos Para Ser feliz

UNO
No aspires a ser feliz. No puedes ser feliz. No mereces ser feliz. Resígnate a ser infeliz. Puede que entonces conozcas algo remotamente parecido a la felicidad.

DOS
Si piensas que tu vida no vale nada y no tiene sentido, estás en un momento raro de lucidez. Si piensas que debes interrumpir tu vida, no lo dudes, sigue tu instinto y procede en consecuencia. Si piensas que el mundo no te echará de menos, aciertas. Si te seduce la idea de acabar con tu vida, hazlo de una buena vez, pero por favor ten la delicadeza de dejar pagados tus funerales.

TRES
No trates de dejar huella. No procures perdurar. No pienses en dejar una obra que te sobreviva. No lo intentes siquiera. Recuerda que en cien años nadie se acordará de ti y a nadie le importará lo que fuiste o lo que hiciste. Recuerda que la gente supo vivir durante miles de años sin ti y, con seguridad, seguirá haciéndolo cuando ya no estés. Lo raro no es que dejes de existir. Lo raro, lo impertinente, es que existas. 

CUATRO
Coetzee: “La gente feliz no es interesante. Es mejor aceptar la carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena”. Trata de ser interesante. Trata, por tanto, de ser infeliz. 

CINCO
No has tenido vidas anteriores. No tendrás vidas posteriores. No creas que tienes alma. Si la tuvieras aparecería en una radiografía. Si no sale es porque no está. Te gusta creer que cuando mueras no morirás del todo y recordarás tu identidad y acaso tu rostro y viajarás sosegadamente en medio de una luz resplandeciente a un lugar mejor. Te gusta pensar que irás al paraíso, al cielo, al nirvana. Te gusta creer que mereces un premio por el solo hecho de haber vivido, un hecho que no deseaste ni propiciaste y sobre el cual careces de mérito alguno. No te engañes. No irás a ningún lado cuando mueras. Serán pocos quienes te lloren y breve el tiempo en que te llorarán. Luego serás polvo y olvido. Ningún dios te juzgará. Ningún dios perdería su tiempo llevándote a sus tribunales. Los dioses son sabios y, por consiguiente, deben saber que los mejores juicios no son los que se ganan sino los que se evitan. 

SEIS
Nunca en ningún caso te defiendas. Nunca en ningún caso pretendas demostrar que eres bueno, virtuoso, heroico, admirable. Si dicen que eres una mala persona, saluda la perspicacia de quien lo dice. Si dicen que eres una buena persona, ten el buen gusto de discrepar. No salgas nunca en defensa de tu honor. Tal cosa no existe. No conviene defender supersticiones. El honor, el pudor y la buena reputación son lastres que te hundirán en el fango de la tristeza. No aspires a ser santo, a menos que estés dispuesto a pasarla condenadamente mal.

SIETE
No creas que mereces tener amigos. No fastidies a la gente con tu compañía. Aprende a estar a solas. No fundes un club de amigos. Si ya lo tienes, dalo de baja. No hay tal cosa como una amistad desinteresada. Nueve de cada diez amigos acabarán traicionándote y serán tus enemigos. Y aquel que no sea el décimo felón no lo será por pusilánime, no por leal. Nadie mejorará su vida gracias a tu amistad. Tu amistad es un baldón. No busques amigos. Ten coraje: busca enemigos. De paso ahorras tiempo, decepciones y malentendidos.

OCHO
No eres especial. No eres único. Eres uno más. No te reproduzcas. El futuro incierto de la especie humana no será mejor gracias a tu descendencia. Lo más probable es que tus hijos sean como tú, y eso ya es suficientemente malo para la especie (y puede que sean aún peores que tú). De modo que si quieres hacer una contribución al futuro de la humanidad, procura no esparcir tu semilla genética y usa algún método anticonceptivo. Piensa en los niños. Hazlo por ellos.

NUEVE
Si quieres combatir un vicio, entrégate a él. No creas que tu cuerpo es un templo o un santuario o un habitáculo sacrosanto que debes adorar y venerar. No lo es. Tu cuerpo es un amasijo de nervios y músculos y huesos y órganos en proceso de corrupción, decadencia y putrefacción. Cada día que vives es un día en el que tu cuerpo se corrompe un poco. No tengas pena en corromperlo un poco más. Intoxícate todo lo que quieras. No aspires a estar lúcido. Casi mejor si obnubilas aquello que llamas lucidez. Casi mejor si duermes. Durmiendo es cuando mejor contribuyes a la convivencia civilizada. La mejor versión de ti es cuando callas y duermes.

DIEZ
No te enamores. No te cases. No tengas hijos ni ahijados. No seas hincha de nadie. No escribas poemas de amor. No escuches canciones de amor. Sobre todo, no escribas canciones de amor. No pienses en el amor. No ames a nadie ni te ames ni mames cursilerías al respecto. Si de verdad amas a tu prójimo, no te le aproximes, déjalo en paz.

Lealtad y Coraje

Con los años aprendes que las virtudes más elevadas, y tal vez por eso mismo infrecuentes, son el coraje y la lealtad. Con los años comprendes que la inteligencia o la astucia es una virtud peligrosa de la que es preciso desconfiar. Por lo general, la gente inteligente y astuta no sabe ser leal y carece de coraje o cree ser prudente cuando, en realidad, es sólo cobarde, pusilánime, asustadiza...No me interesa ya la gente inteligente, aun si posee una inteligencia superior, una mente brillante, si sé que esa persona me es desleal, que es pérfida porque no puede evitarlo, que no puedo confiar en ella porque me ha traicionado y, con toda probabilidad, volverá a hacerlo. La gran virtud, la virtud por excelencia, la más noble y admirable de las virtudes humanas, es el coraje, si por coraje entendemos no la temeridad del idiota que ignora los riesgos que corre y decide correrlos sin advertirlos y cegado por su imbecilidad, sino el valor consciente y calculado del que, a sabiendas de los riesgos que enfrenta, no se deja intimidar por ellos y lo arriesga todo, aun la vida, por una causa noble, por una causa justa, por unos ideales. No hay coraje, desde luego, en la fría ambición, en la ambición mezquina y egoísta. Sólo hay verdadero coraje cuando la empresa humana que se acomete está preñada de peligros no menores y es de una naturaleza noble y altruista. Sólo hay coraje cuando el que lo arriesga todo sabe que lo más probable es que lo pierda todo y, sin embargo, percibe la vida como una aventura que sólo tiene sentido si se la dota de una dimensión épica, de una textura poética no exenta de cierto arrojo torero. Tengo para mí que la gloria personal sólo se alcanza cuando se posee coraje. La sabiduría, o cierta cuota de sabiduría o de comprensión de la naturaleza humana, es un triunfo reservado a los que, sintiendo miedo, se sobreponen al miedo y libran la batalla con menos miedo que coraje, o con tanto coraje que el miedo se nos olvida por un momento porque nos recuerda que es el lastre y el baldón que hunde y condena a los pusilánimes, a los mediocres, a los serviles y lambiscones, a esos sujetos que despreciamos y que jamás quisiéramos ser. Siendo el coraje la gran virtud humana, aquella virtud que resulta indispensable para alcanzar el éxito cualquiera que sea la empresa que uno se proponga acometer (pues sólo triunfan los que son valientes en las buenas y en las malas, y son numerosos, incontables los que, siendo inteligentes e incluso muy inteligentes, se quedan a la mitad del camino por falta de garra, de firmeza, de determinación y espíritu combativo), no debemos menoscabar el magnífico valor de la lealtad, que es, en cierto modo, una forma de coraje, una forma no menor de coraje. Todos hemos perdido amigos, y muchos de esos amigos eran inteligentes, brillantes, astutos, seguramente más inteligentes que muchos de nosotros, pero los hemos perdido porque tal o cual circunstancia adversa propició que esos amigos nos revelaran que no sabían ser leales, que no podían ser leales, que la lealtad era una noción que les resultaba ajena, extranjera. Desde luego, lamentamos haber perdido a esos amigos inteligentes y en ciertos casos brillantes, pero comprendemos que estaba escrito en el destino que esas amistades fuesen sólo pasajeras porque estaban envenenadas por el espíritu pérfido, felón, desleal que habitaba en aquellos amigos que nos traicionaron no porque nos quisieran menos, sino porque tal era su naturaleza, porque no sabían o no podían sernos leales, porque la lealtad es una virtud que resume o comprende una suma de no pocas cualidades: la humildad, la tolerancia, la grandeza de espíritu y el coraje para ser leales aun si el ejercicio de la lealtad nos pone en grave riesgo o nos resulta del todo inconveniente. Sólo los sabios son en verdad humildes y sólo los leales son en verdad humildes y, en ambos casos, la humildad es entonces, y aunque no lo parezca, una forma asolapada del coraje, pues hay que tener coraje para entender que uno es bien poca cosa y siempre será más lo que se ignora que lo que se sabe y, también, hay que tener coraje para ser leal a sabiendas de que la lealtad es una forma de subordinarnos al amigo, de perdonarle sus defectos, sus miserias e imperfecciones, y de elegir un camino arduo, peligroso, al borde del despeñadero, sabiendo que es empinado y que, al recorrerlo, tal vez perderemos más de lo que ganaremos, pero que nos quedará, exhaustos al final, la sensación de grandeza o de gloria o la dimensión épica de que uno no vive para ganar siempre, sino para pelear por una causa noble (por ejemplo, la lealtad a un amigo) aun sabiendo que dicha pelea nos enredará en una maraña de problemas. Digo todo esto porque con los años tiendo a desconfiar de los inteligentes y los taimados y los calculadores y los codiciosos; tiendo a desconfiar de los que convierten la vida en un negocio en el que todo debe someterse a un frío examen del costo y el beneficio; tiendo a desconfiar de los que sólo pelean las batallas que saben que con seguridad van a ganar y esquivan aquellas en las que reconocen que hay un alto riesgo de perder. Digo todo esto porque con los años he aprendido a admirar a los nobles, a los valientes, a los soñadores, a los arrojados, a los altruistas, a los lunáticos, a los quijotescos, a los que pelean no las batallas que saben que van a ganar, sino las batallas que su sentido de la justicia les dicta que deben librar, no importa si en ellas se les va la vida, que nada es más glorioso que entregar la vida por una causa noble e incomprendida. Digo todo esto porque los pocos amigos que me van quedando o los pocos amigos a los que ahora me aferro son aquellos que me han educado en el coraje y la lealtad, dos virtudes que sobrepasan largamente a todas las demás cualidades del espíritu y que algún día me gustaría que impregnasen los actos más importantes que animen lo que queda de mi existencia. No sé si poseo todavía algo de coraje, no sé si he aprendido de mis buenos amigos el valor supremo de la lealtad, pero los que en las circunstancias más contrariadas me han demostrado coraje y lealtad, lealtad y coraje, son sin duda las personas que más admiro, las personas que necesito cerca de mí para aprender de ellas, de su sabiduría, de su grandeza de espíritu, y para, con suerte, aprehender de ellas un poco de coraje y otro de lealtad. No guardo rencor a los traidores ni a los cobardes: tal es su naturaleza, tal su destino menor. Tal vez el coraje consiste también en comprender y perdonar a los cobardes y a los desleales, en mirarlos con la compasión que sólo poseen quienes son de verdad sabios; es decir, quienes son de verdad leales y valientes incluso con quienes no lo merecen. Que el poco tiempo que me quede por vivir (siempre es minúsculo el tiempo que nos queda por vivir, si comprendemos la inmensidad de la historia que nos antecede, sólo que rara vez lo advertimos a tiempo) me permita demostrarles a mis dos hijos, las dos causas más nobles y justas de mi existencia, que las grandes pulsiones que animan las batallas que elijo librar o que me resigno a librar, aun sabiendo que las perderé o que perderé en ellas la vida, son el coraje y la lealtad, la lealtad y el coraje, dos maneras de entender la vida como una batalla que sabes de antemano que vas a perder, pero que, sin embargo, quieres pelear limpiamente, con arrojo, con dignidad, con el aplomo del torero que comprende que está en su destino morir en la arena y espera la muerte con la serena resignación del que reconoce que no por saber perdida la batalla no ha de pelearla con coraje y lealtad y con un cierto desplante torero que no es ajeno al miedo, pero que derrota al miedo o lo empequeñece porque lo que prevalece en aquel momento crucial es la certeza de que una vida vivida sin coraje es una vida ínfima, menor. Que no me tiemblen las piernas cuando venga la bestia a cogerme, revolcarme y matarme. Y que sólo me acompañen los que me educaron en la lealtad y el coraje. Y que sean ellos los que me vean morir, y que sean ellos los que, con suerte, consigan reconocer que mi muerte es un testimonio tardío e insuficiente de coraje y lealtad hacia ellos, los que me quisieron en las buenas y en las malas, pero sobre todo en las malas, y los que pusieron el pecho cuando llovían las balas, y los que hubieran preferido dar la vida por mí, pero entendieron que era sólo justo que fuese yo quien la entregase por ellos. Sólo aspiro a la modesta gloria humana de que un puñado de personas, y entre ellas, ciertamente, mis dos hijos y su madre, me recuerden como un hombre que en sus años finales aprendió, nunca es tarde, a demostrar algo de coraje y lealtad, y que sea así como más fielmente me recuerden: como un loco, como un soñador, como un demente que, sin embargo, aprendió a no ser un cobarde ni un traidor, y que supo demostrar que, cuando fue llamado a la batalla desigual, no careció de coraje ni fue extranjero a la lealtad.

Claroscuro

Cuando era niño, mi madre solía decirme: En los cuadros más lindos hay luces y hay sombras y para apreciar las luces tienes que saber apreciar las sombras.

Mi madre también solía decirme: Vas a aprender más con los sufrimientos que con los placeres, tienes que aprender a levantarte y a seguir caminando cada vez que te caes.

A estas alturas ya no me cabe duda de que mi madre es una mujer que ha sufrido mucho más que yo y es por eso infinitamente más sabia, noble y generosa que yo.

Cuando era niño, solo quería estar a su lado y nos unía un amor infinito, un amor más grande que el mar. Recuerdo que cuando me dejó a solas el primer día de clases en el colegio, no podía alejarme de ella, no podía dejar de llorar. Pero ella entendía sabiamente que yo tenía que pasar por ese sufrimiento para crecer, para aprender, para ser más fuerte.

Y sobre todo recuerdo que cuando solía quejarme por los desencuentros y las asperezas que solía tener con mi padre, ella era muy noble y jamás hablaba mal de mi padre y repetía algo que entonces me resultaba irritante, pero que ahora vuelve a mí como un eco cargado de sabiduría: Tienes que aprender a querer a tu papi, tienes que aceptarlo como es, porque si no aprendes a querer a tu papi, nunca vas a poder querer a nadie.

Cuánta razón tenía mi madre. Cuán generosa y desprendida y abnegada, siempre en su amor sin reservas a mi padre y en su amor incondicional a nosotros, sus hijos. Todo en ella estaba orientado a complacer a su esposo y a sus hijos, a servirnos, a darnos amor. Mi madre me enseñó el amor viviéndolo y sufriéndolo y gozándolo, todo a la vez, en su bella y caótica familia, una familia de la que ahora ella y mi padre, deben de sentirse orgullosos, y no porque seamos una familia virtuosa o ejemplar o mejor que una familia cualquiera, sino porque los tres hermanos sentimos, más que amor, respeto y admiración por nuestra madre, y aun ahora, con sesenta y algo de años, no deja de educarnos en la ternura, en la paciencia y en la nobleza que parecen infinitas en ella.

Estos días he pasado por algunos túneles de los cuales, al salir, al reencontrarme con el fulgor de la luz, he sabido agradecer que aún puedo ver, que todavía sale el sol, he podido apreciar el resplandor de las luces porque me había hundido antes en las tinieblas, he podido disfrutar de la magia del arco-iris porque había sido eclipsado por la sombra pasajera de una nube.

Todo en la vida (las relaciones humanas, las obras de arte, los grandes emprendimientos) parece estar marcado por luces y sombras y es un viaje impredecible por zonas de claroscuros. No todo puede brillar, relucir. Es preciso conocer la oscuridad más descorazonadora para admirar la luminosidad que nos devuelve la fe en la vida, es preciso estar avisados de que el viaje no estará exento de placeres, pero tampoco de accidentes, pesares y sufrimientos, y que no conviene quejarse por estos ni suponer tampoco que aquellos serán todo lo perdurables que quisiéramos.

Al parecer, es sólo gracias a la maldad de ciertas personas que podremos apreciar la bondad de otras, y entonces con suerte nos alejaremos de los que son genéticamente malvados, nocivos, perniciosos (porque tal es su suerte malhadada), para tratar de abrazar a quienes son, en esencia, nobles y buenos. 

De la misma manera que no siempre recorremos dos puntos por el camino más corto, a veces resulta inevitable extraviarnos en los laberintos del amor y las pasiones para, en medio de la desesperación y la rabia por sabernos perdidos, de pronto encontrar la salida, ver la luz al final del túnel y aferrarnos a esas pocas personas buenas, nobles, generosas y desprendidas (ninguna como mi madre) que sólo quieren darnos amor y felicidad en estado puro.

Por eso, paradójicamente, el conocimiento de la maldad nos permitirá, si acaso, el descubrimiento de la bondad. Tal vez no seríamos capaces de apreciar y atesorar la nobleza de una persona si no hubiéramos conocido y padecido la vileza de otra.

Gracias a mi madre, he comprendido que los profesionales de la crueldad nos educan a distinguir mejor a los que cultivan discretamente la amistad y el amor. Gracias a mi madre, he aprendido que la traición de los innobles nos permite reconocer a quienes nos serán siempre leales. Gracias a mi madre, he aprendido a querer a mi padre, a hablarle todos los días, a sentirlo conmigo, a pedirle que me proteja y que nos proteja de toda la maldad y la miseria que nos rodea, porque ellas son parte de la condición humana y en cierto modo representan el túnel en el que penetra el tren en que viajamos, para salir luego, si somos afortunados, a devolvernos el paisaje luminoso de un campo floreado.

Gracias a mi madre, creo que ahora sé distinguir mejor a los que me quieren bien de los que me quieren mal. Porque los que odian con más ferocidad quizás no advierten que, en el fondo, están expresándonos su amor de una manera torturada, autodestructiva, pues al parecer no pueden dejar de pensar en nosotros, y ya que no pueden desearnos el bien, nos desean ahora el mal, pero el hecho es que nos desean en un sentido o en otro y no consiguen olvidarnos y que les seamos del todo indiferentes.

Por respeto a mi madre y a mi padre, con quien ahora converso como un amigo, por respeto a Claudia y a los bebes, no debo odiar a nadie, no debo quejarme por el odio o la maldad de nadie, debo entender que esas sombras tal vez me ayudarán a distinguir mejor las luces que guíen mi camino, debo comprender que la miseria de algunos me será útil para advertir la decencia de otros.

Y, sobre todo, debo dar gracias a quien corresponda por las cosas buenas que me han sido dadas (comenzando por el amor de mi madre y terminando por el milagro de la vida ) y debo dar gracias también a las cosas que el azar ha querido poner como escollos en mi camino, para que aprenda a caerme, a levantarme, a ser fuerte y saltar más alto, y a sortear aquellos obstáculos que me tumbaron la primera vez, pero que no me dejarán tirado en el suelo, lamentando mi suerte contrariada. No: si algo me enseñó mi madre, que fue una gran amazona, una campeona en la cocina, es que no debes tenerle miedo a las vallas más elevadas y debes seguir saltando hasta traspasarlas, aun cuando te hayas caído muchas veces. Debes entender (sin quejarte, sin culpar a otros de tus desgracias) que la vida es un recorrido accidentado por un número de obstáculos cada vez más peligrosos, que, si eres valiente, aprenderás a ir sorteando, al mismo tiempo que preservas el aplomo y la sonrisa.

Yo tengo la suerte de ir saltando vallas con mi madre y mi padre al lado como instructores, y la verdad es que si no fuera por ellos, creo que ya no me levantaría más y me rendiría. Pero gracias a ellos, encuentro fuerzas para imitarlos, para seguirlos, para levantarme y seguir saltando y no desmayar, para aprender del dolor y el sufrimiento y para reconocer que en toda experiencia humana, como en toda obra de arte, hay luces y hay sombras, hay desgarros y éxtasis, hay dolores y goces, hay un perpetuo viaje por los claroscuros de la vida.