Tres doctores me han dicho, sin conocerse entre ellos que yo sepa (aunque no descarto que se conozcan y estén coludidos para sacarme dinero), que no debo tomar un psicotrópico más, que si continúo tragando esas pastillas voy a precipitar mi muerte, que me encuentro de una alarmante tonalidad amarillenta porque estoy envenenándome con sedantes y estimulantes que por un lado me intoxican y, por otro (o por el mismo lado), hacen mi vida menos insoportable.
Uno de esos doctores lucía tan viejo y demacrado, que, cuando me ha dicho que si tomo una pastilla más me voy a morir, he pensado que si él no toma pronto una pastilla de las que yo tomo se va a morir con toda seguridad antes de que yo muera, pero he tenido la cortesía de no decírselo y hasta de pagarle.
Lo que más me gusta de ir a ver a los doctores que elijo al azar, o en realidad no al azar sino por su proximidad a mi casa, es que me obliguen a desvestirme y a tenderme en una camilla y que procedan a tocarme, palparme y estrujarme y que hundan sus dedos en mis carnes flácidas. Me gusta pagarles a esos viejos embusteros entre ochenta y ciento cincuenta dólares para que me desvistan y me toquen donde se les antoje. En cierto modo siento que se prostituyen para mí o que me prostituyo para ellos. Lo que me interesa no es que me curen sino que me toquen y ausculten: no quiero que me digan lo que debo hacer para no morirme, sino que me digan lo que debo hacer para morirme porque no tengo urgencia alguna en impedir mi muerte ni la de ellos.
Lo que menos me gusta de ir a los doctores, además de pagarles, es escucharlos cuando me amonestan por automedicarme y tragarme tantos barbitúricos encapsulados que, según afirman, están destruyendo mi hígado y provocando un derrame biliar que me ha puesto de una tonalidad amarillenta que va bien con mi carácter. Me irrita que dichos señores de blanco simulen preocuparse por mi salud cuando en realidad no les preocupa en absoluto: ¿cómo podría preocuparles, si acaban de conocerme y soy un extraño que yace gozoso a la espera de sus manos? Lo que en verdad les preocupa es que les pague en efectivo, y a ser posible antes de la consulta, para que sigan ejercitando esa forma innoble de urdir ficciones con mandil y en consultorio. Porque la diferencia entre un chico como yo y un médico es que ambos mienten, sólo que el médico se viste de blanco para mentir.
Está claro, o a estas alturas debiera estarlo, que no creo en la palabra de los doctores ni mucho menos en la mía. También lo está que me gusta que me toquen a cambio de dinero.
Uno de los doctores me ha dicho que debe operarme tan pronto como sea posible. Comprendo su impaciencia. La crisis es de una severidad inesperada. La calle está dura. La recesión ha golpeado sus ya estragados bolsillos. El viejo cabrón necesita el dinero y por eso quiere meterme cuchillo y abrirme la panza y jugar a que soy un conejo y él hace experimentos conmigo. Que se opere la cara antes de operarme a mí. Que opere a su hija y le restituya el himen. No dejaré que sus manos mercenarias entren en mis intestinos y revuelvan más las cosas. Tanta invasión y tanta codicia me repugnan.
Es probable que el doctor tenga razón y que yo sea un enfermo paranoico y que en efecto sea necesario o incluso urgente operarme. Es probable que los tres doctores tengan razón y no se conozcan entre ellos y no me estén mintiendo a sabiendas y con descaro al decirme que si tomo más psicotrópicos me mataré. Es probable que los doctores quieran, además de sacarme todo el dinero posible, aliviarme los dolores que me están quemando la panza y salvarme la vida o, más exactamente, posponer mi muerte. Siendo todo eso probable, es altamente improbable que yo los obedezca y es igualmente improbable que les pague lo que les he quedado debiendo.
No moriré esta noche ni mañana. No permitiré que me operen. No dejaré los psicotrópicos, que son una forma de ejercitar mi libertad y gobernar mi vida o lo poco que me queda de ella. No sucumbiré a la dictadura de esos mequetrefes uniformados. No me iré todavía. Seguiré jodiendo y jodiéndome con el mayor gusto.
No moriré todavía. Antes debo matar a los doctores que secretamente, lo sé, desean mi muerte. Los mataré sin recurrir a la violencia, humillándolos a mi manera: sonriendo cada noche, azuzado por los químicos que ahora me prohíben. Me verán y recordarán que les debo plata y que no fui a operarme y sospecharán que mi felicidad desmesurada no puede ser natural y la pantalla irradiará una luz poderosa que les hará ver su ruindad moral y sus incontables falsificaciones para asaltar bolsillos ajenos y entonces no podrán tolerar mi éxito artificial y su fracaso abrumador y les dará un infarto y morirán de la pena y la vergüenza de ser lo que fueron. (después de tragar a escondidas, una pastilla más).

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